¡Ah, las ideas! Son como mariposas. Como cielo de colores y formas diversas.
¡Ah, las ideas! Son núcleo, médula y sustancia. Fuerza y soporte de la escritura.
Si no tenemos cómo asirlas se nos van. Viajan por el territorio del sin retorno, si no les echamos una red que las acaricie, se esfuman.
Pero, también, de pronto aparecen, revolotean y regresan. Son como luces en la oscuridad.
Son coquetas. Guiñen el ojo y vuelven. Uno no sabe cuando, pero vuelven. Reaparecen y, entonces, le alegran a uno el corazón.
¡Ah las ideas!
Claro que si regresan y aún no tenemos cómo asirlas, fijarlas con letras de molde o de líneas salidas de las manos bailarinas, ellas, las ideas, se pueden ir para siempre. Pueden empezar a navegar el infinito espacio del olvido, que es como el infinito espacio de la muerte.


¡Ah las ideas!
El poeta, el escritor debe estar preparado para el momento en que las ideas, esos pensamientos que mueven a los hombres, brotan como luciérnagas en la noche de los grillos.
El poeta debe tener su equipaje y estar listo para emprender el viaje de las ideas por los caminos de la lengua escrita.


Darle tiempo a las ideas, es lo primero. Dejar que ellas se le beban los segundos, los minutos, las horas, los días y hasta los años.
Lo segundo es hacer que el triqui, triqui, tra de las teclas de la máquina de escribir haga parir el concierto de las letras.


En ausencia de la máquina o de la reluciente de pantalla, sirve la libreta, el bolígrafo democrático y compañero, metido en nuestro pecho o en el bolsillo de nuestra camisa desgarbada.


¡Es tan sencillo el equipaje que nos lleva por el camino de las ideas!
Pero además del equipaje, el poeta debe tener el hábito, la costumbre. Ser un cazador atento, cautivador, avezado.


Más que cazador, pescador acostumbrado al silencio de la espera y, sobre todo, a la danza de las bailarinas ideas que emergen de las aguas y se quedan en el aire alegrando nuestra angustia.
 ¡Ah las ideas!
 ¡Cómo dejarlas ir!

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